12:12 p. m.

Maldito seas Monserrate, me quedé solterona

Al principio pensé que sólo era una de esas creencias de abuelas que corren de generación en generación y que terminan convirtiéndose en mitos, sin mayores signos de veracidad. Sin embargo, haciendo una recapitulación de mi vida sentimental desde que subí a Monserrate con mi amado novio de aquellos años mozos hasta hoy, pude confirmar la autenticidad de la terrible maldición sabanera que cae sobre los enamorados que ascienden piadosos a encomendarse al Señor caído, o simplemente a divisar la mejor vista de la ciudad: “El que sube a Monserrate con su novia, no se casa”.
Hoy cinco años después, ¿cómo estoy? Pues soltera, porque gracias a Monserrate nunca me casé con el novio con el que osé subir a sus tres mil y pico metros más cerca de las estrellas (y más lejos del altar), a pesar de que era un candidato infalible para cumplir con ese papel en mi vida. Pero como si fuera poco, la maldición no paró ahí, no. No sólo no me casé con él, sino que mi vida sentimental desde ese día ha sido escabrosa, un fracaso tras otro y no tengo ninguna esperanza de contraer matrimonio ni en el corto, ni en el mediano, ni en el largo plazo.
Y no fue coincidencia, porque puedo afirmar con conocimiento de causa que aquél pobre hombre que inocentemente fue conducido a Monserrate como parador obligado del paseo por Bogotá, también sufrió las terribles consecuencias de haber desafiado su poder, no se casó conmigo y al igual que yo, anda solitario por el mundo en busca de amor, amor que probablemente nunca vamos a encontrar.
Lo peor de todo es que cometí tamaño error por falta de información. Cómo podía saber yo que Monserrate representaba un peligro inminente para mi amor y mi futura vida sentimental. Yo nunca me enteré cuándo cambiaron los tiempos en que “el que a Bogotá no había ido con su novia a Monserrate, no sabía lo que era canela ni tamal con chocolate” y se convirtieron en que “el que sube a Monserrate con su novia no se casa”. Si lo hubiera sabido, habría ido a visitar cualquiera de las ochocientas mil iglesias que existen en cada barrio de Bogotá, y por lo del mirador, hubiera ido a la Calera, que es regio, le venden a uno mejor traguito y mejor mazorca que en Monserrate.
Yo todavía no me recupero del golpe que tan desdeñosa y traicioneramente me dio Monserrate, y por ende Bogotá.. Nunca hubo una manifestación de su parte que pudiera advertir o dar una leve idea sobre qué esconde en realidad esa inofensiva montaña. Es que ese tipo de cosas se tendrían que avisar. Tal maldición amerita letrero en neón en el funicular y en el teleférico, e incluso letreros insistentes en las escaleras, que cada ciertos metros adviertan al inocente visitante, el peligro inminente que se está a punto de correr, si se llega a la cima con el ser amado.
Lo único bueno que me quedó de todo esto, es que ahora sé que el problema no soy yo y sólo me queda esperar a que Monserrate me devuelva lo que Monserrate me quitó: el amor, o que me dé un marido cuando menos. Desde hace un par de meses que me enteré del horrible secreto que esconde ese lugar, espero fielmente cada domingo en sus puertas y en ocasiones en los andamios de su imponente reinado sobre la capital colombiana, a que me mande un ejemplar de su mejor cosecha, un penitente, un pecador, un turista o inclusive un atleta viril, de esos que veo subir incansablemente las inclinadas escaleras de Monserrate, cada fin de semana.

Search

QUÉ ESTÁ LEYENDO?

Qué está leyendo?