11:36 a. m.

NOVELA EN 10 CAPÍTULOS - CAPÍTULO 1

Esta canción y este Capítulo se complementan mutuamente. Si se lee la historia al mismo tiempo que comienza la canción, se entenderá por qué.

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No sé por qué, me encontré yendo para mi casa unas horas más temprano que de costumbre. Aún era de día. Hacía muchos años que no salía de la oficina cuando aún era de día. Era una sensación que casi había olvidado.

La gente que veía a mi alrededor era diferente a la gente que solía ver cuando salía de mi oficina en la noche. A diferencia de estos, todos estaban llenos de vida y de felicidad, hablaban y reían con sus acompañantes, se abrazaban y besaban en la calle, caminaban más despacio e incluso algunos se paraban a oír las canciones tristes que entonaba un hombre viejo sobre la carrera séptima, provocando que la multitud allí reunida, hiciera aún más difícil el paso por las congestionadas aceras del centro de Bogotá. Recuerdo que ese mismo señor me impactó mucho hace quince años cuando recién entré a trabajar en el ministerio. A pesar de ser ciego, tocaba el acordeón con tal gracia, que me hacía soñar con lugares lejanos, con historias de amor, con romances ocultos, con mejores épocas en mejores lugares y con otras compañías. Hoy me volvió a sorprender el encontrarlo allí, porque hacía mucho tiempo que había dejado de oír su música, o de siquiera notar su presencia, pese a haber estado en el mismo lugar cantando las mismas canciones, durante todos estos años.

Hoy el mundo se presentaba diferente. Noté que las personas que había visto pasar miles de veces desde la ventana de mi oficina, hoy se detenían ante mí y por primera vez no me eran ajenas; y me daban ganas de vivir y de ser parte de aquello de lo cual eran parte ellos; del ruido de la ciudad, del bullicio de la multitud, del tráfico, de las ventas callejeras, de la música que provenía de las vitrinas de los almacenes, de las historias que contaban los cuenteros de pueblo en medio de la gran ciudad, de los niños que les daban de comer a las palomas en la plaza de Bolívar y de las indias que tejían guantes y amamantaban indiecitos en frente de la catedral.

De repente la vi. Anonadado como estaba con esta Bogotá que no veía hace años, me sorprendió encontrarla. Era la misma mujer con la que había soñado durante muchos años, la que había amado en secreto, la que había hecho mía una y mil veces en sueños, en el tiempo en que no me atrevía a conocerla. No podía creer que la estuviera viendo de nuevo, ahí, en frente mío, tan cerca que podía tocarla si lo quisiera (y lo quería). Era como si nunca se hubiera ido, como si todos estos años de llorarla en silencio, no hubieran sido en vano. Sentía las típicas mariposas en el estómago que sólo ella me hacía sentir, me costaba respirar, no podía creer que se apareciera ante mí, cuando por fin me había hecho a la idea de haberla perdido para siempre, cuando por fin había dejado de buscarla.

Me saludó como si me conociera. En efecto me conocía, no sé cómo, pero me conocía. Me llamaba por mi nombre y me decía lo mucho que había esperado este momento. Me contó cómo solía seguirme después del trabajo o durante la hora del almuerzo, para saber cómo era mi vida cuando estaba sin ella. Me contó cómo se había dedicado a conocerme desde la distancia. Cómo sabía cuál era mi estado anímico con sólo mirar los gestos que estaba haciendo. Sabía que estaba pensando algo serio si cerraba un ojo y me quedaba así un rato, o sabía que tenía que mover la mandíbula frecuentemente, como si se me hubieran tapado los oídos. Sabía que preguntaba la misma cosa diez mil veces, con tonos diferentes, de manera que sonara a que fuera la primera vez que la preguntaba, hasta que obtenía la respuesta que yo quería oír. Sabía de mis varios intentos fallidos para dejar de fumar, e incluso sabía que en uno de ellos, como medida desesperada, había dejado también de tomar café, para cortar la conexión que existe entre el café y el cigarrillo. Me decía que esta vez no me iba a perder, que ya una vez me había perdido por no haberse animado a acercarse a mí, y que dicha falta de coraje no le volvería a faltar.

Después de oír lo que tantas veces yo mismo no me animé a decir, me dejé llevar. Esto significaba que no lo había soñado yo solo. Ella me había amado tanto como yo a ella, durante todos estos años me había deseado como yo a ella y me había venido a buscar donde tantas veces no se había atrevido a encontrarme. Cada minuto con ella era como estar una eternidad en el paraíso. Besé cada milímetro de su cuerpo, su piel era más suave de lo que jamás hubiera imaginado. Sus senos eran firmes pero tiernos, su cuerpo me recibía como si hubiera sido creado para mí. Sus labios eran fuentes de placer cuando tocaban mi cuerpo y se movían suavemente sobre él. Su pelo liso y suelto se enredaba en mi vida, atando mi alma a ella. Mis brazos eran extensiones de sus deseos y sus ojos dirigían todos mis actos y me dejaban sin voluntad.

Perdido como estaba en ella, no pude ver de dónde salió este ser que me tomaba por detrás y me sacudía con violencia, mientras a ella la golpeaba y la apartaba tan lejos de mí como podía. Sin saber a ciencia cierta quién era o por qué nos atacaba, yo sabía en el fondo que su presencia significaba el fin de este idilio en el que me habría gustado perderme por el resto de mi vida y me lastimaba inmensamente ver cómo intentaba a toda costa separarme de mí único y verdadero amor. Un sentimiento de impotencia y de rabia se fue apoderando de mí, hasta cegarme por completo y provocar en mí un odio y una fuerza tal que no puedo explicar, lo único que quería era defenderla y defender nuestro amor. No sé cómo ni en qué momento pude soltarme de él, ni cómo logré poner mis manos alrededor de su cuello, asfixiándolo lentamente y desvaneciéndolo frente a mí.

Cuando desperté, aún tenía su cuello entre mis manos y ella yacía en ellas inmóvil, angustiada, muerta. La solté aterrorizado y sentía que las manos me ardían inmensamente de tanta presión que habían hecho. Cuando al fin tuve conciencia, me di cuenta que el cuerpo de mi esposa reposaba sin vida al lado mío. Había acabado con su vida mientras ella trataba de despertarme de lo que pensó era una pesadilla. Mis manos la habían matado, en mi intento de salvar a la mujer con quien en sueños la engañaba.


CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 6

CAPÍTULO 7

CAPÍTULO 8

7 comentarios:

Lili dijo...

Maravillosa Dianita !
tu es le plus grand écrivain de nouvelles que je connaisses !
en fait je ne connais que toi, Gabriel Garcia Marquez et Maupassant !
c'est toi que je préfère.
Lili

Lully, REFLEXIONES AL DESNUDO dijo...

Hola Diana:

Estuve donde Diego y me gustò tu inicio de novela, creo que me animarè, lo reconsiderarè.
Buena iniciativa.
Felicidades!

GM IV dijo...

Sencillamente genial, magnífica idea y espectacular inicio.

GM IV dijo...

Ya tengo el cuarto capítulo en mi blog.

::Caro:: dijo...

Esta idea me parecio super, asi que decidi unirme y aqui esta el capitulo 5 Capitulo 5

Un super saludo

Raulinno dijo...

Ya publiqué el 6 capitulo, esta en mi blog, espero que les guste.

Antonio Araiza Aullido dijo...

YA ESTA EL OCHO
AQUI LES DEJO LA DIR.

http://antonioaraizaaullido.blogspot.com/2006/04/capitulo-8-bien-aqui-esta-mi-parte.html

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