Todo empezó una fría tarde de sábado, cuando la mamá de Carolina decidió tomarse algo calientico para pasar el frío que estaba haciendo. Como hacía todas las veces que quería tomarse algo calientico para pasar el frío, se dirigió a la cocina, tomó una taza, le agregó una cucharada del café instantáneo que tanto le gustaba, le puso un poco de agua, leche, azúcar, lo revolvió con una cuchara pequeña, lo llevó al microondas durante 1 minuto y 30 segundos y esperó. Al pasar el minuto y medio, y luego de que el horno avisara que la comida estaba lista, sucedió algo muy extraño. La mamá de Carolina abrió el horno, y cuál sería su sorpresa al descubrir que la taza que había puesto hacía minuto y medio había desaparecido ante sus ojos, ya que ella no se había movido de la cocina ni un segundo.Acerca de mí
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Todo empezó una fría tarde de sábado, cuando la mamá de Carolina decidió tomarse algo calientico para pasar el frío que estaba haciendo. Como hacía todas las veces que quería tomarse algo calientico para pasar el frío, se dirigió a la cocina, tomó una taza, le agregó una cucharada del café instantáneo que tanto le gustaba, le puso un poco de agua, leche, azúcar, lo revolvió con una cuchara pequeña, lo llevó al microondas durante 1 minuto y 30 segundos y esperó. Al pasar el minuto y medio, y luego de que el horno avisara que la comida estaba lista, sucedió algo muy extraño. La mamá de Carolina abrió el horno, y cuál sería su sorpresa al descubrir que la taza que había puesto hacía minuto y medio había desaparecido ante sus ojos, ya que ella no se había movido de la cocina ni un segundo.Etiquetas: Que no le pase a usted
No era la primera vez que me pasaba sentirme así, pero los síntomas nunca habían sido tan fuertes y generalmente se me pasaban después de unas semanas. No dejaba de resultarme extraño que desde hacía dos meses (justo el mismo tiempo que llevaba de conocerlo) este estado se hubiera convertido en mi pan de cada día. Comencé a notarlo cuando nos veíamos para comer o tomar algo, o cuando quedábamos para ir al cine y nos llenábamos de palomitas, pero después de un par de semanas, me sentía así todo el tiempo.
Etiquetas: Que no le pase a usted
Esta mañana leyendo el periódico me encontré con una noticia que decía: “Flatulencia de una pasajera forzó a aterrizar de emergencia un avión en EEUU”. Alcancé a leer sólo el título porque en eso mi jefe me llamó a una reunión y no pude terminar de leer la noticia. Sin embargo, este titular fue mi motivo de concentración o desconcentración durante toda la reunión. Es que debo confesar que la noticia en sí me sorprendió, porque no comprendía cómo algo tan inocente e inofensivo como un pedillo, pudiera desencadenar tal desenlace.Dentro de la hora y cuarto que duró la reunión alcancé a meditar varias posibilidades. La primera de ellas fue la más obvia, es decir, Estados Unidos + Aviones, no hay que ser muy listo, la noticia de fijo tenía que ver con lo último en armas desarrollado por Al- Kaeda contra el imperio del mal. Me imaginaba la transformación de los cuarteles terroristas en grandes cocinas, donde toda clase de químicos pasaban sus horas testando diferentes combinaciones de alimentos que en contacto con los jugos estomacales fueran capaces de desatar poderosas ametralladoras de gases, capaces de los mismos efectos perversos de cualquier otra arma biológica.
Después me puse a pensar que tal vez la pasajera de la historia simplemente se había tirado un pedo más fuerte de lo socialmente aceptable, y que dicha flatulencia se había salido de control y había entrado en combustión con algún gas propio del avión produciendo una pequeña explosión, que evidentemente había hecho aterrizar al avión de emergencia.
Pero luego pensé algo peor, más escalofriante. Pensé que cabría la posibilidad de que sí existiera una flatulencia capaz de inundar todo el espacio cerrado de un avión, obligándolo a uno a tener que respirar irremediablemente los gases hediondos de los otros pasajeros. Casi pude ver en mi mente la escena en la cual la señora de la noticia desenfunda una ventosidad tan poderosa, que al ser respirada por los pasajeros más cercanos causa su desmayo instantáneo, al igual que el desmayo de las dos azafatas que acuden a auxiliarlos y que claro, al empezar a llegar los efectos a los pilotos, estos deciden sacar las máscaras de oxígeno y aterrizar de emergencia.
Como quiera que fuera, ya me veía yo en el aeropuerto teniendo que someterme al flatulómetro, el nuevo dispositivo de seguridad gringo que mide el nivel de gases del aparato digestivo, y que dice cuantas horas tendrá cada pasajero antes de su siguiente flatulencia, frente a lo cual dependiendo dónde se encuentre la mayor cantidad de gas en el organismo, se permitiría o no viajar a lugares más o menos lejanos.
Funcionaría más o menos así: si la mayor concentración de gas se encuentra entre el esófago y el píloro, es seguro viajar de New York a Bogotá (si va más abajo, diga usted Argentina o Chile, tendrá que hacer escala de como mínimo 1 hora, antes de poder volver a tomar un avión). Si la mayor concentración de gas se encuentra en el estómago, sería solamente seguro ir de New York a Miami, excepcionalmente México, pero una vez llegado allá, habrá que asegúrese de no comer nada (ya veo la prohibición de EEUU a México de anular la venta de comida en los aeropuertos mexicanos, por su alta influencia en la producción de flatulencias). Si la mayor concentración está en el intestino grueso o el delgado, no se le permitirá a ningún pasajero viajar a ningún lado, hasta que no traiga pruebas de haber entrado exitosamente al baño (si ya sé, pero es que la reunión fue larguísima).
Al final ninguna de mis teorías casó con la realidad, aunque cualquiera de ellas hubiera hecho una mejor historia. Todo este alboroto se armó porque la señora de la noticia padecía de una enfermedad llamada “incontinencia fétida–gaseosa”, es decir, la señora producía muchos gases hediondos y no podía aguantarlos. Al estar atrapada en un avión, la señora —muy considerada— no encontró nada más práctico que prender un fósforo después de cada ventosidad. Al cabo de 20 fósforos, el olor del azufre mezclado con el de sus gases inundó el ambiente del avión, llevando a pensar a la tripulación y demás pasajeros, que algo no sólo olía sino que andaba mal, y ante la paranoia que reina nadie se imaginó que fuera una simple disimulación de pedos, sino algo más …. criminal (no que tirarse pedos hediondos en un avión no sea también bastante criminal).
Al parecer la señora, después de haberles tenido que demostrar a los oficiales del “Home Land Security” (ese ministerio que crearon después de los incidentes de las torres gemelas), de la CIA y del FBI que la condición médica era real, fue puesta en libertad, y estoy segura que después de este chasco, la señora va a pensar dos veces antes de volverse a exponer a un lugar cerrado.
Etiquetas: Que no le pase a usted
La cuchi barbie en cuestión, se encontraba reunida con unos colegas de su edad en algún bar de la ciudad. Mi amigo le preguntó en dónde estaba, para pasar a recogerla, y ella respondió:
-Estoy en la 16th & Penn-.
Mi amigo se despidió de nosotros con suprema diligencia, y después de arreglarse el peinado y de chequearse el aliento, salió como volador sin palo, a buscar un taxi en la fría noche washingtoniana, que lo llevara hasta donde su amante. Minutos más tarde se encontraba en la 16th. & Penn.
Una vez allí, mi amigo reconoció inmediatamente la dirección, aunque no pudo más que asombrarse. No era para menos. J. Bauer había estado millones de veces en frente de esta calle, al igual que cientos de turistas que visitan diariamente la ciudad, porque la 16th & Penn es tal vez la calle más conocida de todo Washington D.C., puesto que alberga el inmueble más famoso de todo el país: La Casa Blanca.
Con esta actitud (que después le pesó haber adoptado), se acercó a un grupo de guardias de seguridad, y les preguntó que si ellos sabían si había algún bar en est acalle, porque tenía que ir a buscar a una amiga y no encontraba el lugar.
Desafortunadamente, mi amigo tuvo que enterarse de la manera más bochornosa, que la cita en la 16th & Penn es tan famosa como la misma Casa Blanca, y que es una broma que usan los de la ciudad para burlarse de los turistas o para darle a entender a un tipo, que lo han mandado a volar. Decepcionado y con el rabo entre las piernas, volvió a las frias calles e la ciudad, con un sabor amargo en su boca y serias ganas de llorar.
P.D. La historia aquí narrada es producto de la ficción, cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia.
Etiquetas: Que no le pase a usted
Hay conocimientos de conocimientos. Conocimientos muy avanzados e importantes, con miles de años de estudio y perfeccionamiento que a la hora de la verdad no sirven para nada, y conocimientos callejeros y banales que ruedan de boca en boca, que al final terminan dándonos verdaderas lecciones de vida. La siguiente historia es del segundo tipo. Esta es una de esas historias con moraleja, que si bien puede no ser de utilidad para todo el mundo; por lo menos el conocerla, puede hacerlo a uno popular en una fiesta, o incluso puede salvar cualquier paseo. Debo advertir que como sucede en el juego del teléfono roto, al pasar de boca en boca la versión final no es igual que la original, pero la idea es esta.
Había una vez una familia de conejos, mamá conejo, papá conejo, e hijitos conejos, muchos hijitos conejos, como en conejera del Opus Dei, (donde sobra el amor y sus manisfestaciones pero "sin protección"). Todos se caracterizaban por ser como cuna de bebita: blanquitos con rosadito, excepto por uno, que vaya a saber por qué, nació con una mancha negra en la punta de la orejita izquierda. Esta peculiaridad lo hacía el hazme reír de todos sus hermanos y por qué no decirlo, de todos los vecinos del lugar. Cuando pasaba le hacían burlas con su orejita negra, le gritaban que en dónde había metido la oreja, que había quedado mal bañado, le decían que era adoptado, e incluso algunos le decían Cotón, mezcla de conejo y de ratón. Eran tales las burlas, que el conejito acomplejado llegó incluso a pensar que él tenía la orejita así de negra, a causa de lo mal que la gente hablaba de él.
Un día, el conejito cansado de tanta montadera por parte de sus hermanos, amigos y todos cuanto lo conocían, decidió que iba a arrancar el problema de raíz. El conejito ya había estado analizando cuáles eran las mejores chances para deshacerse de su negro problema y al final optó por la vía del tren, me refiero a literalmente "la vía del tren". Al día siguiente el conejito salió muy temprano por la mañana y se dirigió a la carrilera por donde sabía que pasaba el tren por la mañana. Acomodó su cabecita cuidadosamente de manera tal que quedara sólo el pedacito de orejita que le molestaba sobre la carrilera, aguardó unos minutos, hasta que sintió que venía el tren y se sintió feliz. Unos segundos más tarde, el tren llegó y con la velocidad que llevaba no sólo le arrancó al conejito el pedacito de oreja sino toda la cabeza.
Como lo prometido es deuda, aquí va la moraleja de esta historia: “Nunca pierdas la cabeza por un triangulito negro”.
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