Esta mañana leyendo el periódico me encontré con una noticia que decía: “Flatulencia de una pasajera forzó a aterrizar de emergencia un avión en EEUU”. Alcancé a leer sólo el título porque en eso mi jefe me llamó a una reunión y no pude terminar de leer la noticia. Sin embargo, este titular fue mi motivo de concentración o desconcentración durante toda la reunión. Es que debo confesar que la noticia en sí me sorprendió, porque no comprendía cómo algo tan inocente e inofensivo como un pedillo, pudiera desencadenar tal desenlace.Dentro de la hora y cuarto que duró la reunión alcancé a meditar varias posibilidades. La primera de ellas fue la más obvia, es decir, Estados Unidos + Aviones, no hay que ser muy listo, la noticia de fijo tenía que ver con lo último en armas desarrollado por Al- Kaeda contra el imperio del mal. Me imaginaba la transformación de los cuarteles terroristas en grandes cocinas, donde toda clase de químicos pasaban sus horas testando diferentes combinaciones de alimentos que en contacto con los jugos estomacales fueran capaces de desatar poderosas ametralladoras de gases, capaces de los mismos efectos perversos de cualquier otra arma biológica.
Después me puse a pensar que tal vez la pasajera de la historia simplemente se había tirado un pedo más fuerte de lo socialmente aceptable, y que dicha flatulencia se había salido de control y había entrado en combustión con algún gas propio del avión produciendo una pequeña explosión, que evidentemente había hecho aterrizar al avión de emergencia.
Pero luego pensé algo peor, más escalofriante. Pensé que cabría la posibilidad de que sí existiera una flatulencia capaz de inundar todo el espacio cerrado de un avión, obligándolo a uno a tener que respirar irremediablemente los gases hediondos de los otros pasajeros. Casi pude ver en mi mente la escena en la cual la señora de la noticia desenfunda una ventosidad tan poderosa, que al ser respirada por los pasajeros más cercanos causa su desmayo instantáneo, al igual que el desmayo de las dos azafatas que acuden a auxiliarlos y que claro, al empezar a llegar los efectos a los pilotos, estos deciden sacar las máscaras de oxígeno y aterrizar de emergencia.
Como quiera que fuera, ya me veía yo en el aeropuerto teniendo que someterme al flatulómetro, el nuevo dispositivo de seguridad gringo que mide el nivel de gases del aparato digestivo, y que dice cuantas horas tendrá cada pasajero antes de su siguiente flatulencia, frente a lo cual dependiendo dónde se encuentre la mayor cantidad de gas en el organismo, se permitiría o no viajar a lugares más o menos lejanos.
Funcionaría más o menos así: si la mayor concentración de gas se encuentra entre el esófago y el píloro, es seguro viajar de New York a Bogotá (si va más abajo, diga usted Argentina o Chile, tendrá que hacer escala de como mínimo 1 hora, antes de poder volver a tomar un avión). Si la mayor concentración de gas se encuentra en el estómago, sería solamente seguro ir de New York a Miami, excepcionalmente México, pero una vez llegado allá, habrá que asegúrese de no comer nada (ya veo la prohibición de EEUU a México de anular la venta de comida en los aeropuertos mexicanos, por su alta influencia en la producción de flatulencias). Si la mayor concentración está en el intestino grueso o el delgado, no se le permitirá a ningún pasajero viajar a ningún lado, hasta que no traiga pruebas de haber entrado exitosamente al baño (si ya sé, pero es que la reunión fue larguísima).
Al final ninguna de mis teorías casó con la realidad, aunque cualquiera de ellas hubiera hecho una mejor historia. Todo este alboroto se armó porque la señora de la noticia padecía de una enfermedad llamada “incontinencia fétida–gaseosa”, es decir, la señora producía muchos gases hediondos y no podía aguantarlos. Al estar atrapada en un avión, la señora —muy considerada— no encontró nada más práctico que prender un fósforo después de cada ventosidad. Al cabo de 20 fósforos, el olor del azufre mezclado con el de sus gases inundó el ambiente del avión, llevando a pensar a la tripulación y demás pasajeros, que algo no sólo olía sino que andaba mal, y ante la paranoia que reina nadie se imaginó que fuera una simple disimulación de pedos, sino algo más …. criminal (no que tirarse pedos hediondos en un avión no sea también bastante criminal).
Al parecer la señora, después de haberles tenido que demostrar a los oficiales del “Home Land Security” (ese ministerio que crearon después de los incidentes de las torres gemelas), de la CIA y del FBI que la condición médica era real, fue puesta en libertad, y estoy segura que después de este chasco, la señora va a pensar dos veces antes de volverse a exponer a un lugar cerrado.

